La peregrinación al Volcán el Chonco. (Chinandega)

 

Después de cuatro días de Tierra Caliente. Todo parece caer en el orden natural de las cosas.

El sábado 22 de Noviembre, a las 4 de la mañana comenzó la preparación hacia lo inédito. No me imaginaba ni un kilómetro de la ruta. El Chonco parecía el lado oscuro de un mapa de Edad de los Imperios. No había solicitado visa para Chinandega. Me fui sin previo aviso buscando encontrarme de frente con mis instintos.

Eran las cinco de la mañana y un grupo de audaces titanes. Estaban envueltos en sus armaduras dispuestos a dar el todo por el todo. Saludos se extendieron, la suerte estaba echada.

Dieron la salida, y procedimos con el ritmo de pistones en el arranque de una estación de tren. Seguí el paso de la manada emigrando por la noche, revestido de asfalto y de luces brillantes. Doblamos a la derecha y la última señal de vida la dejamos atrás. Los ánimos de amigos, adelante perro, vos podes.

De adoquín al camino sin rostro. La noche se disipaba entre el volcán y la copa de los árboles. Los murciélagos emigraban buscando refugio. Algunos charcos quedaron como residuo del día lluvioso. Seguí de paso a la tribu, esperando llegar a los primeros diez kilómetros. El Terreno cambiaba de piel de tierra suelta a arena, de lodo a piedra. La tierra bailaba un tango con mis pies. En un vaivén de esfuerzo y determinación. La gravedad no suele funcionar bien cuando el pie se hunde en arena. Algunos kilómetros de esta y termina drenando tu existencia como sanguijuela.

Llegamos al primer punto de hidratación e intercambiamos comentarios del primer tramo. Agua, gatorade y frutas.  Seguimos al siguiente luchando con más arena, el camino ancho se volvió angosto. El campo se volvió abrir y sin decir más se nos presentó el Chonco. Intimidándonos con su altura. De fondo el no tan santo Cristóbal se reía a carcajadas de nuestro infortunio. A lo lejos la alegría de algunos proclamando optimismo, “Amo ese volcán” , confirmando una anticipada victoria.

Legamos al segundo puesto de agua, esta vez conversamos un poco más con los que coincidimos. Compartimos veneno (Dulces, naranjas o lo que hubiera) para recuperarnos un poco de la fátiga.

Uno de los soldados comento que lo mas que había andado anteriormente fueron 15 km. No lo podía creer, le pregunte porque eligió el más largo desafío. Vine por diez pero mi hermano me sugirió veinte, a lo que dije y porque no cincuenta y así nos tomamos una foto en la cima del volcán.

Otros tendrían sus propósitos, pero quien desafía lo insano por una foto en familia. Una medalla de honor como premio al valor.

Seguimos por el sendero y más angosto, uno detrás del otro únicamente distanciados por nuestras capacidades. Hasta que nos perdimos. Según cuenta la leyenda, aquel quien se robe una fruta del Chonco, tiende a perderse entre la maleza de sus faldas. Aquí los primeros toparon contra un muro y el resto seguimos al líder sin pensar que pudiera estar equivocado.

Una vez por el sendero correcto, seguimos en grupos. Dispersos por un camino angosto que no reconocía nombres. Las primeras señales de agotamientos se presentaron, la sal acudió al rescate de algunos. Los caminos perdieron sus señales y la lógica de seguir siempre al frente hizo el resto. Ahí estábamos tres grupos desorientados en el bosque, guiándonos únicamente por nuestra voz. Los gritos se escuchaban de un lado al otro. La Doc y yo no teníamos idea sí llegaríamos a dar con los otros y guiados por voces que venían de derecha a izquierda. Apareció una entre las hojas, que aseguraba haber encontrado el camino correcto. Los últimos serán los primeros, nuestro amigo JC, uso la lógica en cada paso.

Comenzó el ascenso al Chonco. El sensei y su sidekick siguieron conmigo en la ruta. El camino era más claro.  El bosque se volvió más denso, y la inclinación Continua…

Crónica : Yubran Arellano H.

Edición: Gabriela Perez

Fotografía: Richard Herrera , Verónica Silva y Yessi Fletes

email: revistacorrepinol@gmail.com

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“ESCRIBIENDO HISTORIAS CON NUESTROS PIES DEJANDO VIDA EN CADA PASO”.

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